14.2.10

Las montañas de Norman Foster

"La arquitectura es una forma de vida"
Norman Foster en la Berlinale
Pregunta.-¿Qué significa ser arquitecto hoy?
Respuesta.-Para mí, la arquitectura no es un oficio, es una forma de vida. Permea todo lo que hago. Hace un par de días fui a hacer una travesía de esquí en la frontera entre Francia y Suiza y ahí sentí una experiencia tan arquitectónica como un edificio. Estaba relacionada con la luz, la nieve, la belleza de la naturaleza... Eso es arquitectura.

amontonar. (De montón)
1. tr. Poner unas cosas sobre otras sin orden ni concierto.
LOS ALPES

Si el que pasa por ser, en esta década, el más destacado representante del "colectivo" de los arquitectos de categoría internacional es capaz de realizar estas declaraciones sobre la disciplina a la que se dedica, entonces me permito asegurar que la cultura de occidente se encuentra en un momento de deriva y de posibles trágicas consecuencias.

No es el cariz megalómano de las declaraciones lo que me ha preocupado, es conocido que los de mi "oficio" somos grandilocuentes y egocéntricos en una gran proporción de los colegas. Y Norman Foster debe tener una gran dificultad para hacer permanecer en equilibrio su autoestima. Sus relaciones, y el volumen de actividad y de obra ejecutada son argumentos suficientes para sentirse grande y punto central del globo.    Foster es importante.

Es por esa razón, por ser un destacado artífice de la cultura mundial, por lo que sus declaraciones son tan decepcionantes. Foster desecha de principio que él tenga algo que ver con el oficio de la arquitectura, siglos de historia que son superados por un nuevo concepto acuñado en este inicio del siglo XXI. "La arquitectura es una forma de vida".

Si nos quedáramos solo con el titular de la entrevista quizás podríamos comprender que a lo que Sir Norman Foster se refiere es que él se gana la vida gracias a la arquitectura que tan bien sabe vender como producto industrial manufacturado, que su vida no se puede entender sin conocer su producto, su negocio, y que todo ello para él recibe el título de arquitectura.

Obra de N. Foster en Londres

Es cuando leemos en detalle la respuesta ofrecida al entrevistador cuando comprobamos como Foster  relaciona su vida con la experiencia de descender entre las cumbres de algún lugar de los Alpes. Una experiencia que relaciona la luz, la nieve y la naturaleza. "Eso es arquitectura".

Mi primera reacción fue pensar: este compañero "oye campanas y no sabe donde".
Su experiencia, quizás mística, entre las cumbres de los Alpes y descendiendo a velocidad, en movimiento, le ha permitido experimentar una sensación que identifica con lo "transcendente", y todo ello le hace asegurar sin rubor que la naturaleza y la arquitectura son una misma cosa.

Reconozco la gran dificultad que existe hoy en día para establecer en sus justos términos la discusión sobre ¿Qué es arquitectura?. He escrito sobre ello con anterioridad y he recorrido los textos de otros autores con autoridad y que ya en la antigüedad se propusieron definir y explicar a sus iguales que disciplina es la arquitectura. (ver NOTA)

Lo que ninguno se atrevió a relacionar es a la arquitectura, como la conjunción de los construido como artificio, con la propia naturaleza, por muy monumental que la naturaleza se presente.

Ya se ha encargado Foster de negar el oficio de arquitecto, y así del conocimiento intrínseco que la arquitectura precisa para transformar la mera edificación en arquitectura.  Ni la simple edificación es arquitectura, como ya escribió el mismo Vitruvio hace más de dos mil años, ni la naturaleza, en su presentación más sobrecogedora, lo es.

Arquitectura y edificación.
Para Vitruvio era muy importante diferenciar ambas, pero así y todo los historiadores y arquitectos siempre lo han presentado confuso o totalmente cambiado.

Vitruvio recoge la hipótesis de la primera choza como antecedente de la construcción de edificios, pero él señala que solo se trata de edificación y que la arquitectura es otra cosa.
Ver: Las comunidades primitivas y el origen de los edificios. Libro II, capítulo I.


PANTEON DE ROMA

Al consultar el texto se puede comprobar que en él se trata del origen de los edificios, que no de la arquitectura, cosa más compleja. 
Escribe Vitruvio al final de la historia de los salvajes constructores: "no nos muestra este libro (el segundo libro de los diez) el origen de la arquitectura, sino dónde se han ido formando los orígenes de las construcciones y de qué manera han ido progresando"
Vitruvio determina que la historia que acaba de relatar trata solo sobre el "origen de los edificios".

Los edificios son meros instrumentos para crear arquitectura, y por muy bien que estén construidos y cuenten con las óptimas cualidades de seguridad, utilidad y belleza no alcanzarán por si solos la categoría de obra arquitectónica.

Lo que Vitruvio dejó escrito en su libro primero, capítulo tercero fue: "Partes ipsius architecturae sunt tres, aedificatio, gnomonice, machinatio"  Tres son las partes de la arquitectura: edificación, gnomónica y mecánica.
Quizás, Foster, en su megalomanía mística, entiende que sus iconos urbanos, como representantes sublimes del siglo XX y las corporaciones que nos gobiernan, han alcanzado tal perfección técnica que la arquitectura ya se les reconoce como intrínseca.

Desconoce Foster que el simple "amontonamiento" material basado en la tecnología mas puntera no es suficiente para alcanzar el "supremo templo de la arquitectura".

Qué llegaríamos a pensar si el músico compositor más destacado de la actualidad nos describiese como sublime audición musical su experiencia en los mares del sur al escuchar el canto de las ballenas jorobadas en su tránsito de la Antártida, y que esta experiencia en la misma naturaleza salvaje fue equiparable a la interpretación de una ópera de Verdi.

OPERA AIDA

¿Puede entender un ser humano el lenguaje de las ballenas y sus sonidos equipararse a la “métrica” que atesorada un libreto de ópera?

Cuando un compositor aúna en una sola obra todos los elementos musicales el resultado no solo es capaz de conmover a un auditorio, sino que a su vez su significado es capaz de transformar la mente del individuo que lo escucha. La música tiene la capacidad absoluta de modificar nuestra mente y provocar una reacción de nuestro intelecto. Para ello el sonido que resulta de una obra musical debe de estar construido atendiendo a un lenguaje con significado.
No es suficiente "amontonar" sonidos, ya que nuestro cerebro distingue perfectamente cada lenguaje según nuestra formación y así "poder comprender" el mensaje.

Levantar un espectacular edificio en el centro de negocios de una urbe está más próximo a la idea de amontonar material que a la idea de hacer arquitectura. Ese amontonamiento urbano podrá ser comparado a la monumentalidad de una montaña, un cauce profundo, o un desierto inóspito pero no alcanzará a ser comprendido como una obra de arquitectura ya que carecerá de los elementos necesarios para establecer un completo significado.

Pretender que la naturaleza nos puede brindar una experiencia arquitectónica es olvidar que la arquitectura es una manifestación provocada por el armonioso movimiento entre la materia construida como significante, y a la vez capaz de transmitir un significado. Música de materia construida desde el propio conocimiento del oficio.

Ni la música se manifiesta sin músicos, ni la arquitectura sin arquitectos, lo que no evita que los lugares que habitamos estén “contaminados” de ruidos y construcciones.
.... y entonces deseemos huir a los territorios vírgenes de los Alpes.



© Carlos Sánchez-Montaña. 2010.



NOTAS:

1 comentario:

  1. Anónimo11:54 a. m.

    Yo creo que Sir Norman Foster quiere decir que la arquitectura ha dejado de ser un Oficio para ser una forma de vida; en esa tesitura, ser arquitecto es como ser actor, pintor... pertenecer a esa clase de grupos, más o menos mediáticos, más o menos políticos que viven casi exclusivamente de las subvenciones, estatales y/o de advenedizos y diletantes clase media o financiera. En eso tiene razón: la Arquitectura ya no es un oficio… para la modernidad; no hemos de darle más vueltas. Sin embargo, hay que decirle a Foster que él mismo, por su propia concepción de lo que es y representa, no es realmente un arquitecto, sino uno más de tantos artífices de la ilusión. Cuando, dentro de unos pocos años, sus edificios se caigan o queden obsoletos o nadie sepa qué diablos hacer con ellos, que es lo mismo metafóricamente (lo cual, por cierto ya está pasando), y el Panteón permanezca, después de dos mil años, hierático frente al mundo, al que sostiene y anima, su recuerdo no importará a nadie… sus edificios serán esqueletos de un pasado que todos querrán olvidar, presos de aquella sensación, entre romántica y sublime, que nos embarga cuando la naturaleza envuelve en un abrazo fatal una construcción, devolviendo la piedra inanimada a lo que siempre fue: polvo. Así pasa con las construcciones que no son obras de arquitectura, ya que no están animadas por el espíritu. Obras sin alma, amasijo de revolución industrial, ciencia aplicada sin aplicación más allá del fugaz momento que se escurre entre el egoísmo y la soberbia. Foster no quiere insultar a nadie, incluso piensa que su idea es contributiva con respecto a la historia de la arquitectura; y es cierto: él es un representante de esa modernidad que nos apabulla, que nos sobrepasa al tiempo que nos limita. Sin embargo, comete un diabólico mal: induce al libertinaje, a la anarquía y limita el oficio a una especie de mística animista, lo cual nos habla, además, de su escasa altura intelectual. Destruye lo que no ha sido capaz de entender, rebajando su oficio al nivel de su propia y limitada comprensión. Viene a decir: puesto que eso es lo que yo he entendido, es eso y no hay más. Y él, en tanto que representante de la modernidad, no es cualquiera: es un ejemplo a seguir, un paradigma en sentido estricto griego del término (otra cosa es que ese paradigma sea realmente algo relevante). Ya no se trata de si es arquitecto o carpintero, médico o filósofo; se trata de la opinión de un hombre que embebido en su miseria, como por otra parte lo estamos todos en mayor o menor medida, no tiene compasión por sus hijos, sean estos sus admiradores o seguidores, a quienes coarta la libertad a la vez que legitima su ignorancia. Quizás, podría decirse lo mismo de muchos arquitectos y demás artistas modernos; quizás, se haya cumplido aquello que decía Aristóteles: “…la arquitectura es un arte que es por esencia una disposición, acompañada de razón, dirigida a la producción” (Política, VII, 13, 2). Inventar, producir y vender, e ahí la efectiva aunque intrascendente trilogía que nos reclama la modernidad. “En otro tiempo, dice el Eupalinos de Paul Valéry, el espíritu soplaba donde en mármol…”. Eran otros tiempos, sí. Era otro mundo. Era una Arquitectura que desborda el ámbito de la ciencia aplicada y que jamás será entendida por la Academia de las Ciencias.

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