Nos dicen "neuroarquitectura" y parece que acabamos de descubrir América. Que por fin la ciencia —la neurología, los escáneres, la medición de estrés, la cognición espacial— viene a confirmar que los edificios influyen en el cerebro, en la emoción, en la memoria, en el comportamiento.
Y sí: lo confirma.
Pero conviene decirlo sin rodeos: eso no es una revolución nueva. Es, más bien, el regreso —tardío— a la definición original de la Arquitectura. La vuelta al oficio tal como lo entendieron los antiguos cuando el arquitecto no era un técnico del objeto, sino un artesano de la armonía.
Lo que hoy llamamos neuroarquitectura no es otra cosa que la Arquitectura en su sentido completo. La que Vitruvio describió hace dos mil años y que la academia moderna fue adelgazando hasta convertirla en un sinónimo de edificación.
Y esa confusión —edificio = arquitectura— es uno de los grandes empobrecimientos culturales de los últimos siglos.
EL ERROR: CONFUNDIR EL OBJETO CON LA FINALIDAD
Un edificio es un objeto. La Arquitectura es una finalidad.
Un edificio puede estar perfectamente resuelto: normativas, instalaciones, estructura, eficiencia, cumplimiento. Y aun así no producir Arquitectura. Del mismo modo que un conjunto de sonidos puede estar técnicamente bien emitido y aun así no ser música: puede ser ruido, saturación, violencia, fatiga.
La academia, con demasiada frecuencia, ha enseñado a fabricar objetos correctos y ha olvidado educar en la pregunta decisiva:
¿Qué provoca este espacio en el ser humano?
¿Ordena o desordena? ¿Serena o tensa? ¿Orienta o confunde? ¿Aísla o vincula? ¿Dignifica o reduce?
En ese punto nace la verdadera diferencia: Edificación: la parte. Arquitectura: el todo.
VITRUVIO YA LO DIJO: ARQUITECTURA ES SABER INTEGRADO
Vitruvio no presenta la arquitectura como una "estética del edificio". La presenta como un saber total, alimentado por muchas disciplinas, capaz de ordenar la materia para producir un efecto humano... y, en su fondo, armonía.
Para Vitruvio, el arquitecto debe entender: el lugar (vientos, humedades, clima, salubridad), el cuerpo (medida, proporción, fatiga, descanso), el sonido (acústica, resonancia, teatro), la geometría como ciencia de la forma, y la cultura como ciencia del sentido.
Es decir: el arquitecto no "hace edificios". compone condiciones de vida.
Eso es exactamente lo que hoy nos venden como neuroarquitectura: el reconocimiento de que el espacio no es neutro, que modela la mente, regula el sistema nervioso, predispone a la calma o al conflicto, sostiene o erosiona la salud.
La diferencia es que ahora lo presentamos con instrumentación moderna. Pero el principio es el mismo.
CEREBRO, CORAZÓN, INTESTINOS, OÍDO, VISTA Y PIEL SON UN SOLO SISTEMA
La experiencia lo ha sabido siempre. Y quien trabaja con sensibilidad lo reconoce sin necesidad de teoría: cuando un lugar es verdaderamente arquitectónico, pasa algo.
El cuerpo cambia.
La respiración se ensancha.
La mirada se posa.
El pensamiento se ordena.
El ánimo se reubica.
Lo que hoy se mide como estrés, atención, orientación o bienestar, el oficio lo ha percibido durante siglos como "atmósfera", "quietud", "dignidad", "presencia", "armonía".
Y aquí aparece una analogía esencial que la cultura entiende de forma inmediata:
La música es ciencia matemática de los sonidos (ritmo, intervalo, proporción).
La arquitectura es ciencia matemática de las figuras (módulo, relación, jerarquía, recorrido).
Ambas trabajan con proporciones. Ambas construyen un orden. Ambas actúan —de manera directa o indirecta— sobre el organismo.
Por eso es tan fácil aceptar la música como arte universal (todo el mundo reconoce lo musical y lo armónico) y tan difícil alcanzar Arquitectura verdadera (porque exige que el orden espacial sea total: técnico, cultural, sensorial y humano).
Del mismo modo que la mayoría de sonidos que recibimos no son música, la mayoría de edificios que se levantan no son Arquitectura.
Durante siglos, el saber arquitectónico se transmitió como un oficio completo: maestros y aprendices. No era solo "proyectar", era aprender a ver, a medir, a escuchar, a comprender el lugar, a manejar el umbral, la luz, el silencio, la proporción y el rito.
En algún momento, la institución sustituyó el todo por la parte: la arquitectura quedó reducida a "construcción", a "producto", a "sector", a "mercado", a "objeto normativo".
El resultado está a la vista: espacios que saturan, lugares que enferman, ciudades que fatigan, interiores que aíslan, ruido convertido en paisaje permanente, luz artificial como sustituto de cielo, edificios que no saben ser refugio ni escenario digno.
Y entonces aparece, décadas después, la "neuroarquitectura", como si hubiéramos descubierto que el ser humano tiene un sistema nervioso.
No: lo sabíamos. Lo que pasó es que se dejó de enseñar.
LEONARDO Y EL ICONO: EL CUERPO COMO MEDIDA DEL MUNDO
Leonardo da Vinci dibuja al hombre inscrito en el círculo y el cuadrado y convierte en imagen lo que Vitruvio ya había propuesto: el cuerpo como canon, como medida, como vínculo entre geometría y experiencia.
Ese dibujo se ha convertido en un símbolo cultural porque recuerda una verdad profunda: la forma no es capricho. La proporción no es decoración. El espacio no es neutral.
Cuando el espacio respeta el cuerpo, el cuerpo responde. Cuando el espacio contradice al cuerpo, el cuerpo paga.
Eso es lo que hoy se llama "diseño centrado en el usuario" o "evidencia de impacto en el cerebro".
Vitruvio lo llamaba, sencillamente, Arquitectura.
Reivindico el origen de mi oficio porque ha sido olvidado durante siglos y ahora regresa con otro nombre, como si fuera una novedad.
No quiero una arquitectura que sea solo edificación. Quiero una arquitectura que sea cuidado.
No quiero edificios que cumplan y agoten. Quiero espacios que ordenen.
No quiero ciudades que funcionen como máquinas de estrés. Quiero territorios que funcionen como ecosistemas de salud.
Y aquí hay una verdad incómoda: si hoy alguien explicase a Vitruvio en la plenitud de sus palabras, a menudo sería arrinconado por "idealista", por "poco práctico", por "demasiado humanista".
Pero lo que se llama "práctico" ha fabricado demasiados lugares que no sostienen la vida.
Y lo que se llama "humanista" es lo único que, al final, evita que la técnica se convierta en barbarie.
CONCLUSIÓN: NEUROARQUITECTURA ES ARQUITECTURA (Y PUNTO)
Bienvenida la ciencia, bienvenidas las mediciones, bienvenidos los estudios, bienvenido el lenguaje nuevo si sirve para convencer a quienes solo creen lo que aparece en un "paper".
Pero que quede claro: La neuroarquitectura no inventa nada esencial. Solo está devolviendo a la Arquitectura su definición original: la capacidad de organizar el medio para producir armonía en el ser humano.
Y eso —justamente eso— es lo que hay que recuperar. No como una moda. No como un "campo emergente". Sino como una restitución histórica del oficio: Arquitectura como arte mayor del cuidado.
© Carlos Sánchez-Montaña - 2026





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